CAPITULO 1                                

Suena el despertador, ¡uff! Abre los ojos al instante, sobresaltada, tarda unos segundos en darse cuenta de que es lunes. Día de afrontar una nueva semana. Se levanta despacio, pero sin demorarse, siempre va con el tiempo justo. Tras la ducha está ya despejada, con un café en la mano delante del armario piensa en qué ponerse. Por fin, elige un look informal pero arriesgado. Un pantalón ancho de estampado escocés y una camiseta blanca: Loving Wawata.

Le pone de buen humor esa camiseta.   Crema hidratante con color de base, un poco de colorete y un toque de rimmel.  Revisa que tiene todo lo necesario en el bolso y a la carrera coge una chaqueta y un pañuelo antes de salir. Antes de arrancar, se mira en el espejo retrovisor delantero y en un gesto casi automático, se ahueca el pelo. Ya está lista. Sale pisando el acelerador.  

La jornada de oficina pasa volando, entre reunión y reunión y un último repaso a los mails, antes de comer. Ha quedado con una amiga para comer un sandwich o algo rico en una terraza. Mira de reojo por la ventana, hace un día fabuloso. Igual hasta le sobra la chaqueta. Lidia es genial, sonríe de oreja a oreja al verla y le da un abrazo que casi le hace daño. Como siempre va impecable, parece que acaba de salir de casa. Piden algo fresco de beber. Y se empiezan a quitar la palabra entre risas.  

Me ha surgido un compromiso esta tarde, le cuenta Lidia. Es una cena informal, temprano, pero creo que tendré que ir sola y no me apetece. Oye -le pregunta de pronto, ¿por qué no te apuntas?  

¿Y por qué no?  

Se le complica la tarde en la oficina, una reunión de última hora, un tema que no puede esperar. Termina casi a las 9, tiene un montón de wasaps sin leer; 6 son de Lidia. Está de camino. ¿Ya no puede pasar por casa a cambiarse? No. Casi no queda nadie en toda la planta. Coge el bolso y se mete en el baño.  

Lo primero, se lava los dientes y  se retoca el maquillaje. Tiene un spray mágico que refresca la cara más cansada. Decide también dar un toque oscuro a los ojos con lápiz negro. ¿La ropa? Se mira de lejos en el espejo y piensa un segundo: se anuda la camiseta en la cintura y se pinta los labios de rojo. Casi está. Se suelta la coleta, se ahueca el pelo y se coloca el pañuelo del cuello a modo de diadema.  

Coge la chaqueta de cuero y baja al coche. En estas ocasiones bendice las lecciones de Sexo en Nueva York… Se calza los botines de tacón que siempre lleva en el capó y escribe en el móvil: Lidia, ya estoy. Te espero en la puerta principal de la oficina.

0

Tu carrito